Por Juan Pablo Ferrari
Fotos: Matías Ramírez
Juntar a dos referentes de un equipo que marcó un antes y un después en la historia de un club, no suele ser una tarea sencilla. Hacer que levanten nuevamente uno de los trofeos más codiciados, hoy guardado con recelo en las vi-trinas de la institución, mucho menos aún. La ocasión, sin embargo, amerita esto y mucho más.
A cuarenta años de la obtención de la primera Copa Libertadores de América, Cacho Malbernat, capitán del Estudiantes multicampeón, y Juan Ramón Verón, goleador, repasaron la intimidad de aquella conquista. Reflexionaron sobre la dimensión de los hechos con el paso del tiempo. Y recordaron, claro, a los compañeros que ya no están.
La remodelada sede de calle 53 fue el punto de encuentro. Malbernat llega primero, a paso firme y bastante abrigado. “Juan (Verón), está estacionando, ya viene”, advierte, antes de estrechar la diestra.
Las incipientes arrugas en la cara de los protagonistas esconden historias que no tardan en ser develadas. Los secretos, los detalles, ¿cómo llegó la Copa a manos del por entonces rubio capitán? “¿Si te digo que la entregó un mozo me creés?”, rompe el hielo Cacho, re-velando una verdad que muy pocos conocen.
Hoy en día, escenario de por medio, un miembro de la Conmebol se encarga de otorgarle el trofeo al capitán del equipo campeón. Pero claro, hace cuarenta otoños, las cosas eran muy distintas.
“En la previa a los partidos de la Libertadores del ‘68, nosotros concentrábamos en el hotel Nogaró de Buenos Aires. La Copa estaba en posesión de Racing, que la había ganado en el ‘67. La tarde que los eliminamos en las Semifinales se presentó un mozo que venía del hotel Continental (allí concentraba Racing). Dejó un envoltorio con una concreta indicación: para la gente de Estudiantes. Cuando la abrimos nos encontramos con la Copa, que nosotros teníamos que ir a disputar contra el Palmeiras en la Final. Al principio no la queríamos tocar, porque no era nuestra. Todavía teníamos que ganarla”.
Para consumar ese objetivo fue clave el aporte goleador de Juan Ramón Verón. “Habíamos ganado 2 a 1 en Argentina y perdimos 3 a 1 en Brasil. Y en el desempate, que se jugó en Uruguay, me tocó marcar el segundo gol, y ganamos 2 a 0. Con el paso del tiempo, Paco Casal, ahora consagrado como empresario famoso, se me acercó un día y me confesó que aquella tarde en el Centenario él, que jugaba en las infe-riores de Peñarol, hizo de alcanzapelotas, y en cierto modo nos trajo suerte”.
Una mezcla de nostalgia y alegría, lleva a los protagonistas a recordar a los compañeros que ya no están.
“En esta fecha uno no puede olvidarse de Osvaldo (Zubeldía), o de Eduardo (Manera). También es justo recordar al señor Mariano Mangano, que fue una persona sencilla que siempre estuvo al lado nuestro”, rememora Cacho, con los ojos humedecidos por la emoción.
La Bruja, en sintonía con su compinche de toda la vida, resalta las virtudes de aquel grupo de jugadores. “Lo de ese equipo fue algo muy serio. Logramos estar muy arriba durante cinco años consecutivos. La mayoría veníamos de abajo, y eso le da otro sabor. No pasa lo mismo con un equipo que se forma con jugadores que vienen de otros clubes”.
En tiempos donde aspirar a ganar la Copa se convierte en un sueño ambicioso y codiciado, resaltar lo hecho por un equipo que se consagró tres veces en forma consecutiva, tiene algo de lógica, y contiene una fuerte carga emotiva. Cuatro décadas, toda una vida. Mil historias y una institución.
IZ