Se hizo desear, pero finalmente una de las grandes películas del año llega a la cartelera platense. Adaptación animada de un cómic autobiográfico de Marjane Satrapi, cuenta las desventuras de una niña en el convulsionado Irán de los ‘80
En los dos años que transcurrieron entre enero de 1978 y diciembre de 1979, Irán experimentó una transformación radical de su sistema político y de su economía. Y, claro (por aquello de las estructuras que determinan superestructuras), de su sociedad. La que más tarde iba a ser conocida como Revolución Islámica introdujo además la novedad de ser la primera revolución del siglo XX sin raíces en la Ilustración europea: ni nacionalista, ni liberal, ni socialista. Aunque grupos políticos de todos esos colores habían tomado parte en el derrocamiento del Shah Reza Pahlevi, el Ayatolá Jomeini volvió del exilio para apropiarse, junto al clero chiita, de todos los frutos de la revolución, y la violencia estatal no tardó en reaparecer, incluso con más crudeza que antes.
Marjane Satrapi tenía nueve años en 1978. Hija única de una familia occidentalizada y militantemente comunista, creció en ese Irán turbulento asistiendo al Liceo Francés, escuchando casetes piratas de Iron Maiden y de punk rock, soñando con ser profeta de un Dios muy parecido a Karl Marx, jugando juegos
crueles, aprendiendo a rebelarse.
En 1983, sus padres la mandaron a estudiar a Viena para protegerla de un régimen teocrático cada vez más despiadado. Volvió a Teherán sólo para estudiar Artes Visuales, casarse y divorciarse, decidir que su país ya no era su patria e instalarse definitivamente en Francia. ¿Cómo sabemos todo esto? Bueno, porque Marjane lo cuenta en los cuatro tomos de una historieta autobiográfica que es una de las obras mayores del género.
Por Persépolis tanto el cómic como el film -codirigido por la autora- corren a la par, y en el carril rápido, la Historia y la historia personal. Se trata, ante todo, de un relato político. No por nada el gobierno iraní presentó una indignada queja ante la embajada francesa cuando el Festival de Cannes seleccionó la película el año pasado: “El festival, en un acto desacostumbrado e incorrecto, ha elegido un film sobre Irán que presenta una cara engañosa de los logros y resultados de la gloriosa Revolución Islámica”.
¿Qué habrá molestado más a las autoridades iraníes? ¿El detalle de su sangrienta traición a quienes los ayudaron en la lucha contra el antiguo régimen? ¿Los recuerdos dolorosos de la guerra contra Irak? ¿La denuncia, entre furiosa y sarcástica, del absurdo derivado del fundamentalismo religioso? Parece que nada de eso: cuando finalmente aceptaron la exhibición limitada de Persépolis en Teherán, los únicos cortes que impuso la censura fueron los de una docena de escenas con contenido más o menos sexual.
Pero lo político no quita lo poético, y el trazo entre infantil y punk del dibujo en blanco y negro (mayormente, ya que el punto de partida son los recuerdos de Marjane en el aeropuerto de vuelta a Irán, y esas escenas están coloreadas), trasladado brillante y muy apropiadamente a animación tradicional, sin píxeles a la vista, refleja con gracia y belleza la mirada de una niña/mujer sobre la vida cotidiana en situaciones extremas. Urgente, apasionada, universal, vital, Persépolis -como todas las grandes películas- marca un camino posible y deseable tanto para el cine como para la reflexión sobre el estado del mundo contemporáneo.
Agustín Masaedo