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La incorporación de Venezuela al Mercosur o el reverso de Guayaquil
Por Mario Rapoport
A veinte años de la firma del Programa de Integración y Cooperación entre la Argentina y Brasil, que estableció las bases fundacionales del Mercosur, el 4 de julio pasado se produjo la incorporación formal de Venezuela al bloque regional. Esta nueva y quinta estrella que se agrega a la bandera del Mercosur representa, en términos estratégicos, sociales y económicos, un nuevo avance en el proceso de integración y significa, además, que la dinámica del bloque, a pesar de sus problemas internos, se mantiene activa.
El acontecimiento no es antojadizo ni casual. Los libertadores San Martín y Bolívar ya simbolizaron, en una gesta simultánea y estratégicamente compartida, los idearios de independencia y de unión del continente sudamericano. Bajo la consigna Nuestra divisa sea unidad en la América meridional, el presidente de la Gran Colombia llegó a convocar desde territorio venezolano a otros gobiernos del continente a un congreso que pudiera unirlos, sin afectar sus soberanías, bajo un sistema de confederación. Como sabemos, tanto por razones internas de los respectivos países como externas a ellos, ese proyecto, e intentos posteriores en el mismo sentido, terminaron en el fracaso.
La vocación asociativa e integrativa de Venezuela recién pudo plasmarse, ya avanzado el siglo XX, a través de su pertenencia a la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), como así también a la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), a la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y al G3 (Venezuela, Colombia y México). Su inclusión en el Mercosur representa un paso más en la misma dirección y un aporte importante, tanto económico como político y estratégico, para el bloque regional. Algunos datos pueden ayudar a comprender mejor el significado de esta incorporación.
El país que gobierna Hugo Chávez aporta el tercer producto bruto interno del bloque, con 132.800 millones de dólares, y el primero per cápita, con 5.026 dólares, exportaciones por valor de 12.300 millones de dólares e importaciones por 21.800 millones y, fundamentalmente, constituye el mayor productor petrolero del continente. Además, al sumarse Venezuela, el Mercosur contará con 26 millones de habitantes más, con el quinto exportador mundial de crudo, la octava reserva de gas del planeta y depósitos petrolíferos de 235.000 millones de barriles.
Como sabemos, el alto precio del petróleo le ha generado a la administración Chávez un notable aumento en el ingreso de divisas, y lo llevó a colocar gran parte de ellas en el exterior. Esta estrategia permitió al gobierno venezolano desempeñar un importante papel en la región, como por ejemplo el aporte del 70% de la inversión necesaria para encender la señal de Telesur, canal que transmite para Latinoamérica y busca ser la respuesta a la cadena estadounidense CNN; la adquisición de bonos de la deuda ecuatoriana y de títulos argentinos; la construcción de viviendas en Cuba y la donación de 100 millones de dólares a Bolivia. Se trata de una larga cadena de iniciativas que ha incrementado la influencia de Hugo Chávez en América Latina, en medio de su enfrentamiento contra el proyecto del ALCA liderado por Estados Unidos. Pero el centro de su estrategia es el petróleo, que constituye el 88,6% de los ingresos por sus exportaciones y le permite a Venezuela liderar el proyecto del Gasoducto del Sur; la puesta en marcha de Petrocaribe, a través de la cual ofrece créditos a bajo costo a 12 países caribeños para que importen crudo; la construcción de una refinería en Brasil y la venta de petróleo barato a comunidades pobres de Estados Unidos, donde ya posee un conjunto de intereses vinculados con el sector.
El proceso de adhesión de Venezuela al Mercosur será, por supuesto, largo y complejo. Una vez transcurridos 30 días desde la aprobación de los respectivos Congresos de los países integrantes, se convertirá en miembro pleno del Mercosur, aunque en la práctica comenzará a funcionar como tal cuando termine de adoptar el arancel externo común (AEC), dentro de cuatro años. No obstante, Venezuela participará en las reuniones del Grupo Mercado Común (GMC) y del Consejo Mercado Común (CMC), los órganos técnico y político, respectivamente, casi con las mismas atribuciones que los cuatro socios fundadores. Además, deberá eliminar de manera escalonada más de 15 mil gravámenes y concederá un trato preferencial a los socios de menor desarrollo, como es el caso de Paraguay y Uruguay.
El ingreso del país caribeño al Mercosur implica también el reacomodamiento del bloque frente a otros problemas regionales, tales como la nacionalización de los recursos energéticos bolivianos, que generó controversias tanto con la Argentina como con Brasil. Precisamente, en Caracas se firmaron convenios para incorporar a Bolivia, Paraguay y Uruguay al proyecto del Gasoducto del Sur, que tendrá una extensión de más de 8 mil kilómetros y abarcará el eje oriental sudamericano Caracas-Buenos Aires, con una inversión estimada de 20.000 millones de dólares.
En ese marco, la Argentina y Venezuela firmaron varios acuerdos. El más importante de ellos es el que permitirá que la empresa venezolana PDVSA acompañe a la argentina ENARSA en los compromisos asumidos por los presidentes Morales y Kirchner respecto del gas boliviano. A la vez, Kirchner y Chávez anunciaron formalmente la creación de un bono binacional para financiar obras de infraestructura en los dos países. El probable Bono del Sur podría transformarse en el puntapié inicial del Banco del Sur, un sistema financiero compartido que permitiría generar cadenas de financiamiento. La incorporación de Venezuela representará también para la Argentina beneficios comerciales concretos, en particular en sus exportaciones de alimentos y maquinaria agrícola.
Por otra parte, en la próxima cumbre del bloque, que se realizará el 20 y 21 de julio en Córdoba, los jefes de Estado tienen planeado suscribir un nuevo código aduanero común y cerrar acuerdos comerciales con Cuba, Israel y Pakistán. Es que el Mercosur, pese a sus dificultades, genera nuevas expectativas con la incorporación de Venezuela.
Pero si esa adhesión representa una respuesta al presunto desmembramiento del bloque, esto no significa que no existan problemas, dado que sus promesas iniciales todavía no se concretaron institucionalmente. La estrategia del Mercosur debe ir más allá de una simple visión mercantil: su objetivo no consiste sólo en ampliar el comercio, sino en mejorar la calidad de vida de los sudamericanos, crear nuevas estructuras productivas y eliminar las asimetrías regionales.
Otra cuestión, que plantean algunos sectores críticos de la inclusión de Venezuela en el Mercosur, es de orden geopolítico: señalan que Chávez se ha transformado en un adversario de EEUU en la región y que sus opiniones y opciones en la agenda internacional resultan controvertidas. No obstante, el Mercosur es hasta el momento una unión comercial y económica, no política. Sus estados miembros pueden concordar o discordar en sus políticas exteriores, como ha ocurrido muchas veces en el pasado. La Argentina, siguiendo el curso de una alianza con Washington, intervino en la guerra del Golfo y Brasil se opuso, así como hubo diferencias en torno a la participación de la región en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o sobre Haití, y nada de ello afectó mayormente la evolución del bloque, sacudido más bien por problemas comerciales. El proceso de integración no supone todavía la adopción de una política exterior común y sus miembros tienen plena soberanía en la toma de sus decisiones externas.
Es posible, sin embargo, que la incorporación de Venezuela al Mercosur represente en el futuro no sólo un afianzamiento económico del bloque, sino también algo más: un desmentido histórico a aquellos que pensaban que la despedida de San Martín y Bolívar en Guayaquil fue el último episodio de una gesta cargada solamente de utopías.