Cuando Kirchner, en curiosa paritaria de dos personas con Hugo Moyano, acordó que el gremio de éste tendría un aumento del 19%, quedó claro la política salarial: existe una pauta oficial, los aumentos no tendrán que exceder ese porcentaje.
Un Presidente con mucho poder personal y un sindicalista que tiene una relación ambigua con él - lo presiona y saca ventajas pero a la vez le disciplina a buena parte del sindicalismo para que no reclame más de lo pautado- hicieron lo que en otros tiempos con un decreto de pauta o tope salarial. Armando Cavalieri, líder de los mercantiles, pese a su desafecto por Moyano, lo vio claro y sin chistar cerró por el mismo porcentaje. Los porteros de edificios, conducidos por un allegado al kirchnerismo, cerraron por 18,5%, los bancarios por 18%, los ferroviarios por 17% y los del cuero y el papel, cada uno, por 15%.
Faltan algunas negociaciones arduas, como mecánicos y estatales, y siempre existen imponderables, pero se trazó una raya. Simétricamente, en materia de precios, rige la política de pauta y control bajo la forma de “acuerdos” y a la ministra de Economía, limitada al descolorido papel de secundar al Presidente en la gestión de esos “acuerdos”, se le recortó aun más su poder con la designación de Guillermo Moreno, un funcionario del círculo kirchnerista con fama de duro, asignado al tema de alinear los precios. En la misma simetría está la política del Banco Central de mantener a raya el dólar. Es decir, con otros procedimientos y estilos, en la Argentina hay continuismo en la línea no de buscar las soluciones con la dinámica de impulsar producción, sino con la estática de controlar la inflación en sus efectos: salarios, precios y tipos de cambio no se deben mover de la pauta, pase lo que pase con las inversiones, el consumo y la producción. Es decir, con lo que cuenta para el mediano y largo plazo.
Pero volvamos a los salarios. En la idea de pauta subyace la errónea teoría de fuente neoclásica y monetarista, según la cual los salarios causan inflación. Una buena teoría debe bucear en los clásicos de la ciencia económica y preguntarse: ¿qué son los salarios? Adam Smith vinculó los salarios, como a mi juicio debe ser, a la producción y a los ingresos. A mayor producción habrá mayor demanda de trabajo y mayores salarios. David Ricardo percibió que los salarios están determinados por lo que necesita el trabajador para su subsistencia y la de su familia. A esa teoría ricardiana adhirió Carlos Marx, con su agregado de la plusvalía. El salario, para él, no remunera el valor del trabajo sino la fuerza de trabajo -lo definido por Ricardo-, y el trabajo genera un excedente no remunerado que constituye la plusvalía.
El salario, en definitiva, es una alícuota de la producción, como percibió Smith. Tendencialmente, crece con la producción. La función de la negociación colectiva de los salarios, con intervención de las organizaciones gremiales, y el papel arbitrador y de control del Estado, superando al liberalismo decimonónico, debe apuntar a un equilibrio social, a que la diferencia de fuerza entre el empleador y el trabajador no lleve a una apropiación excesiva del excedente entre lo que el trabajador produce y lo que necesita para su subsistencia.
Lo que no debe hacer el Estado es violentar las leyes económicas que rigen la formación de precios y salarios. Si hace un dibujo que ignore la realidad, en el mediano plazo afectará la producción y afectará también el ingreso, el salario real, de los trabajadores. Salarios regimentados contraen artificialmente la demanda y precios regimentados contraen la inversión. La “tablita”, la “convertibilidad”, los viejos y nuevos artificios para alinear los precios y salarios, han hecho que la Argentina perdieran varios trenes.
Hoy, el contexto internacional favorable es un tren que no debemos perder. Para no perderlo, la política debe movilizar los recursos productivos y atacar la inflación en su causa, no en sus efectos.