Por Mariano Toledo (*)
Especial para Hoy
Con el advenimiento de la última crisis global, las reglas del juego parecen cambiar. Hoy en día es la estrella entre las alternativas de inversión de fácil acceso y, con una rentabilidad acumulada anual que ronda el 65%, crea un escenario de incertidumbre que vale la pena analizar. La principal disyuntiva que debemos resolver consiste en saber si la tendencia alcista de su valor se mantendrá o si estamos ante la presencia de una nueva burbuja especulativa.
Al producirse la última crisis económica, los gobiernos emitieron grandes sumas de dinero con el objetivo de generar demanda. Como se sabe, la emisión desenfrenada es un detonante de inflación y, por consiguiente, una pérdida de credibilidad en la moneda. Así, tanto las personas como los estados buscan alternativas para el resguardo de sus reservas. En este contexto, la demanda del metal amarillo aumenta, incrementando su valor.
De acuerdo a este análisis, deberíamos esperar aumentos del precio del oro ante devaluaciones del dólar. Sin embargo, en los últimos meses, el metal aumentó su valor con apreciaciones del billete verde, lo que hace pensar que el oro tiene vida propia, como una suerte de moneda estable de comportamiento independiente.
Quienes piensan que el oro seguirá su carrera alcista tienen un claro fundamento: los bancos centrales descreen de la capacidad crediticia de otros gobiernos, lo que los incentiva a seguir aumentando la cantidad de reservas en metal. El aumento de precio derivado del incremento en la demanda guiará también a los particulares a seguir el mismo camino.
Un factor que no debe perderse de vista y que favorece a esta tendencia es la escasez del recurso. Actualmente está comprobado químicamente que es imposible convertir metales inferiores en oro, de modo que la cantidad que existe en el mundo es constante. La oferta es prácticamente fija con lo cual los ajustes de valor vienen esencialmente por el lado de la demanda. Por otra parte, el oro tiene fuertes aplicaciones en la economía real más allá de la monetaria, lo cual, en principio, aplacaría ciertos temores a la hora de invertir en el metal.
Pese a estas señales positivas, existen ciertos indicadores que pueden alertarnos sobre la posibilidad de que, en realidad, el precio del oro esté inflado y estemos ante una burbuja especulativa.
Las bajas tasas de interés en el mercado internacional alientan a los especuladores a tomar posiciones de deuda para invertir en onzas. Por otro lado, los inversores han perdido su credibilidad en el sistema bancario, por lo que utilizan el metal como refugio. Desde esta perspectiva, el aumento en el precio sería sólo producto del miedo y la desvalorización del dólar, con lo cual se produciría un efecto rebote cuando las condiciones se normalicen.
Pese a todas las conjeturas que se hagan, una cosa es cierta: a pesar del aumento en su cotización, tanto los bancos centrales como las personas particulares siguen utilizando el metal como medio para proteger sus ahorros. Hoy en día, quien tiene oro lo guarda y, quien no, lo incluye dentro de su portafolio de inversiones, asume el riesgo de sufrir una posible corrección futura de su valor.
La principal preocupación de los gobiernos desarrollados es lograr que los particulares tengan acceso a una mayor cantidad de dinero para reactivar la economía. Estas políticas de emisión monetaria afectan el valor y la credibilidad de las monedas favoreciendo las perspectivas futuras del metal amarillo.
(*) Licenciado en Administración- Docente de la UNLP