Previa a cualquier otra consideración, debemos decir que la palabra “asesino” (del árabe hassasin) denominaba en la antigüedad a los consumidores del hachís, sustancia derivada de la planta Cannabis indica (la misma que da origen a la marihuana), sólo que el hachís tiene cuatro o cinco veces más concentración del principio activo, que es el tetrahidrocarabinol.
La leyenda dice que un musulmán llegó a fundar una secta cuyos integrantes, totalmente dedicados al consumo de hachís, eran utilizados muchas veces para matar sin ninguna vacilación ni piedad a quien les indicara su líder (apodado “el viejo de la montaña”), de la misma forma que llegaban a suicidarse sin dudar si así lo ordenaba “el viejo”, ese conductor omnipotente y brutal. Claro, la cuestión estaba en la disminución de la autodeterminación que les producía el consumo crónico del hachís, y la utilización de esa debilidad que hacía su jefe.
Asociando asesino con “paco” se pretende destacar una de las consecuencias más desgraciadas y letales que produce esta maldita sustancia, producto de la elaboración de la pasta base de cocaína, cuyos componentes todavía no son bien conocidos, y se sospecha que varían según la “cocina” de donde provenga.
Obviamente, nadie duda del tremendo poder adictivo que tiene, el efecto destructivo y devastador que produce sobre el cerebro, y los groseros y agresivos cambios en las conductas de los individuos que consumen “paco”, que los llevan a delinquir violentamente, impulsivamente, insensatamente, y con una ecuación costo-beneficio absurda. Se mata por $ 10, o por nada, mostrando un desprecio superlativo por la vida ajena y la propia.
Una década
Desde hace casi diez años, cuando el “paco” comenzó a instalarse en algunas zonas del Conurbano bonaerense, he analizado y estudiado el creciente problema que significa su consumo cada vez más extendido, incluidos sectores de clase media y media alta. No es cierto que sea “la droga de los pobres”. Por el contrario, quienes consumen gastan cientos, o hasta miles de pesos, en una sesión prolongada, que puede llegar a durar días. Naturalmente, si se terminan las dosis o el dinero antes de que llegue la inconsciencia en la que caen exhaustos los adictos, salen a buscar plata y droga, aunque no es una búsqueda racional, tranquila y direccionada hacia el objetivo de obtener lo que buscan y seguir consumiendo.
Por el contrario, la impulsividad agresiva y absurda, característica distintiva del delito de los “paqueros”, se ha extendido por toda la geografía urbana, sobre todo en el Conurbano, donde pululan las “cocinas” de donde salen enormes cantidades de “paco” para envenenar decenas de miles de jóvenes y niños, que delinquen en abstinencia y con características demenciales.
Hoy lo pueden certificar los familiares de centenares de víctimas mortales: los “paqueros” disparan contra sus asaltados porque se resisten o porque no se resisten, porque hablan o porque callan. No importa lo que hagan: la ansiedad patológica del asaltante en abstinencia de “paco” hace que dispare o acuchille sin llegar a obtener muchas veces los pesos (o los centavos) que buscaba.
Degradación
He visitado unidades penitenciarias para entrevistar a “ex paqueros”, que cuentan su calvario por el “paco” y la progresiva degradación en que caen los que consumen. Cuentan también que en los momentos de abstinencia nada importa, sólo conseguir algunos pesos para obtener más dosis y seguir la ronda letal, aunque en el camino queden víctimas inocentes, familias destruidas y una sociedad que clama por seguridad, justicia y mano firme para los delincuentes.
Destacados neurólogos, psiquiatras y psicólogos vienen llamando la atención de manera creciente sobre la destrucción que produce el “paco” en el cerebro y las conductas de niños y jóvenes que lo consumen. Todos los días se informan muertes en hechos delictivos que claramente llevan “la marca del paco”, aunque llamativamente todavía “casi” nada se ha hecho al respecto en la órbita del Estado.
Se han creado ONG que se ocupan, dentro de sus limitadas posibilidades, del gravísimo problema que hoy representa el “paco” para la sociedad argentina. Hay un grupo, Madres del Paco, que lucha denodadamente para sacar a sus hijos del flagelo de esa droga. Cuentan (y espanta escucharlas) la forma en que sus niños o adolescentes les roban, a veces violentamente, a ellas y a sus propias familias para seguir la espiral de consumo sin fin.
Por último, no podemos olvidar el caso paradigmático de la violencia por el “paco”: hace pocos días, una madre “paquera” de 38 años apuñaló y mató a su hijo de doce años (también “paquero”) porque no le trajo suficiente dinero de la mendicidad que realizaba para comprar más “paco”. Este es el ejemplo más ilustrativo de hasta dónde esta droga maldita destruye al individuo, sus afectos, y degrada sus conductas sociales.
Concluyendo, debemos señalar que, para erradicar la violencia y la inseguridad en la que estamos inmersos, es imprescindible pleno empleo y buen salario, adecuada vivienda con suficientes servicios, mejora en las áreas de Salud, de Educación, de Seguridad y de Justicia, pilares indispensables de una Nación justa, libre y soberana. Sin embargo, nada será posible si el Estado, a través de sus múltiples efectores, no entabla una lucha sin cuartel contra las drogas ilegales y el alcoholismo en general, y muy especialmente, contra el azote del tercer milenio como es el “paco”.
No hacerlo significa comprometer el futuro de varias generaciones de niños y jóvenes, e hipotecar ruinosamente el porvenir de nuestra Patria.
(*) Médico Psiquiatra - Médico Legista
maldolegal@gmail.com