Los gritos, tan propios de aquellos ambientes en los que se cuelan la ira, el descontrol o el estrés, son muy capaces de provocar heridas y de dejar cicatrices que no se ven, pero se sufren. Tanto que aquellos que los soportan de adolescentes llegan a padecerlo en la adultez.
Gritos cuando no realizan las tareas escolares, gritos cuando no ordenan sus cuartos, gritos entre papá y mamá. Son cuestiones cotidianas que pueden volverse crónicas, y sobre las que salió a alertar un grupo de científicos pertenecientes a la Escuela Simmons de Trabajo Social (de Boston, EEUU), dirigidos por la especialista Helen Reinherz.
Esto es lo que postularon en un artículo que publicó elmundo.es: “El ambiente familiar caracterizado por los conflictos verbales (insultos, amenazas tanto de padres a hijos como entre los propios progenitores) a menudo tiene una influencia perjudicial en el desarrollo psicosocial, la salud mental, y el bienestar de los jóvenes que viven en esos ambientes, pero hasta ahora existía poca evidencia científica de las secuelas a largo plazo”.
La evidencia la lograron con una investigación que iniciaron en 1997 y que ahora
-con los resultados en sus manos- los llevó a recomendar la implementación de programas de asistencia para aquellos chicos que habitan en casas dominadas por la violencia verbal.
“Esperábamos que la exposición a la violencia física dejara cicatrices perdurables, pero no creíamos que nos íbamos a encontrar con que la exposición a gritos e insultos entre miembros de una familia tuviera efectos en la vida adulta. Estas consecuencias negativas incluyen problemas de salud mental, concretamente depresión y abuso de alcohol y sustancias. Además, los sometidos a este tipo de agresiones están más descontentos con sus vidas y sufren, incluso, más desempleo”, dijeron textualmente los expertos.
Se trata de una investigación de la que también se hizo eco la revista de la Academia Americana de Psiquiatría del Niño y del Adolescente.
Consultada por Hoy, la psicóloga clínica y especialista en violencia Mabel Sgrilletti explicó que el hecho de criarse en un ambiente dominado por la violencia “lastima profundamente y genera un aprendizaje violento” que puede influir de distintas maneras en los niños o adolescentes que lo padecen.
Alertó que “puede adoptar la misma forma de comunicación (y gritarles a otros chicos) o convertirse en una persona extremadamente tímida y hasta incapaz de comunicarse”.
Secuelas silenciosas
Para realizar la investigación, los científicos recopilaron los datos de cerca de 2.000 personas en edades muy concretas: a los 5, 6, 9, 15, 18, 21, 26 y 30 años. Luego escogieron a 346 de ellas para realizar un nuevo trabajo, e indagaron sobre la existencia de violencia verbal en sus hogares cuando tenían 15 años y sobre la violencia física, también en casa, a los 18 años.
Luego llegaron las conclusiones y descubrieron que el parámetro que más relación tuvo entre los conflictos familiares y las consecuencias a largo plazo fue el relacionado con la salud mental.
“En los chicos en los que se documentó la vivencia bajo insultos, el riesgo de padecer un trastorno psiquiátrico en la treintena (a los 30 años) era tres veces mayor que el de sus congéneres de familias estables”, destacó el trabajo, para detallar luego que “entre ellas se incluyen la depresión, la dependencia de las drogas, así como más posibilidades de padecer comportamientos antisociales”.
Sgrilletti explicó que “la verbal es sólo una de las formas de violencia”, y agregó que “a una familia que vive a los gritos le conviene tratarse para aprender nuevas formas de comunicación. La gente se sorprende cuando ve que puede bajar el nivel de violencia y encontrar soluciones con el diálogo en lugar del grito, el portazo o la descalificación”.
En tanto, Reinherz concluyó que la familia “es la fuente principal de problemas posteriores. Nos ha llamado la atención que el grupo de chicos que vivió con gritos e insultos a los 15 tenía más probabilidades de padecer depresión en la edad adulta, mientras que los que sufrieron violencia física poseía una mayor incidencia de enfermedades físicas”.
Para la Real Academia Española, grito significa: “Voz muy esforzada y levantada”, “Expresión proferida con esta voz” o “Manifestación vehemente de un sentimiento general”, pero para quienes lo han sufrido en la adolescencia puede ser mucho más que eso.