Como consumación de un delirio extraño y ambicioso, como si las cenizas de la gran biblioteca de Alejandría hubieran resurgido en un universo de unos y ceros, como si la biblioteca total (vieja obsesión de Borges) hubiera abandonado la tinta pera convertirse en -vaya paradoja- una realidad virtual, internet pretende recopilar actualmente todos los registros del pasado y todos los testimonios del presente. Porque más allá de ser un gran negocio, pareciera que toda información que circula en el mundo tuviera sus anaqueles como destino inevitable. Y allí se dirigen libros, canciones, fotos, pinturas e infinidad de tonterías. Sin embargo, internet no es sólo un depósito de datos: también es generador de nuevas prácticas culturales y sociales. Es por eso que de esta comunidad paralela -o transversal, mejor dicho- surgen alternativas de difusión incluso para actividades -teóricamente distantes- como la literatura. Así como la música, a través de sitios como MySpace o You Tube encontró canales para divulgarse y así llegar -en el caso de artistas desconocidos- a saltar a las grandes discográficas, algo similar sucede con escritores que utilizan la red social Facebook. Pues así como aquellos que triunfan en los mercados “habituales”, deben imperiosamente introducirse en la red y los nuevos formatos, muchos son los que hacen el recorrido inverso. Un caso representativo es el acontecido en España. El escritor madrileño Antonio Gómez Rufo y sus mil amigos de Facebook conocieron a través de su “estado” (un espacio en el perfil del usuario en el que compartir en cada momento cómo se encuentra con sus amigos) que la editorial Planeta había publicado su novela La noche del tamarindo y al mes ya había vendido la primera edición. Para la promoción del libro, la editorial no había preparado una campaña directa específica. Según directivos de la editorial “es difícil asegurar que todo el mérito lo tenga Facebook, pero sí es cierto que no hay nada más a lo que se pueda atribuir este éxito tan rápido”. Pero no es él el único que difunde sus novedades a través de la red social, otros autores y editores anuncian por esta vía sus presentaciones de libros, la publicación de novelas y su peripecia comercial, con buenos resultados. En Argentina la tendencia a derribar prejuicios y explorar nuevos canales no escapa a nuestras plumas. Desde el contracultural Washington Cucurto hasta el mediático Jorge Bucay, pasando por Pablo De Santis o Martín Caparrós entre muchísimos ejemplos, poseen su perfil para entablar un contacto distinto. En un mercado difícil, las redes sociales abren puertas a jóvenes escritores que pueden exponer lo suyo y relacionarse con colegas de mayor carrera. Grupos como “Escritores Argentinos” o “Jóvenes escritores” son un ejemplo del flujo de información, opiniones, comentarios y valoraciones La reacción de las editoriales a este tipo de fenómenos está siendo lenta, pero es obvio que las funciones del editor están mutando. Es que al igual que ocurrió con las discográficas, el negocio puede deteriorarse sensiblemente si no se adapta. Los entendidos sostienen que parte del trabajo del editor consistirá en intermediar entre autores y lectores. De un negocio de libros pasaremos a un “negocio de lecturas”. Los editores deben tener voz en las redes sociales, convirtiéndose en prescriptores y facilitando el acceso de lectores a nuevos títulos y autores. En El libro de Arena, Borges -o su narrador, Borges- se ve tan sobrepasado por la infinidad de información, palabras e imágenes que contenía tal extraordinario ejemplar, que decide dejarlo nada menos que en la Biblioteca Nacional. Internet es eso: una maravilla compleja y peligrosa, pero al alcance de la mano como una herramienta útil. Usarla no hace mejor a un escritor. Pero -parece- lo hace más leído.
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